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Se tiende a pensar en la dance music, como un fenómeno pasajero, como un sarampión que pronto pasará y que permitirá que las aguas del poprock vuelvan a su cauce. En el mejor de los casos, hay quienes creen que la dance music electrónica ha servido de acicate para que la escena del pop y el rock se renueven y se adapten a los nuevos tiempos. Pero se trata de algo mucho más consistente que todo eso. Lo quieran o no, la dance music ha sido, en realidad, la última revolución del siglo. Y no me refiero al aspecto estrictamente musical, sino a todo su entorno sociocultural. La música de baile actual ha conseguido crear una corriente cultural alimentada por nuevos lenguajes musicales y nuevas formas de vida. Y digo bien "nuevas formas" y no "una nueva forma" porque la dance music es precisamente un fenómeno plural que, por primera vez en la historia, está basado en la conveniencia y en la tolerancia, en la diversidad y en la aceptación de "lo otro". Blancos y negros, gays y heterosexuales, noctámbulos recalcitrantes y sesudos investigadores. Todos forman parte de una nueva cultura que se está abriendo camino de forma imparable. Y no es casualidad que en las calles de Berlín se reúna cada año más de un millón de personas para celebrar el "Love Parade". Como tampoco es casualidad que, de unos años a esta parte, cualquier buen festival de rock que se precie haya ido dejando una parte considerable de espacio para instalar chill outs y carpas dance que cada vez cuentan con un mayor número de adeptos. Además, aunque ya está claro que la música de baile no viene a sustituir al poprock, también es evidente que, a partir de ahora, va a tener un hueco en el mosaico sonoro del siglo XXI. Además, la interacción y la simbiosis entre la dance music y el rock son cada vez más frecuentes y hasta los grupos metálicos se rinden a la evidencia dejando que conocidos remezcladores aporten su arsenal rítmico a sus composiciones.

¿Fenómeno nuevo?

Pero, sobre todo, hay que tener en cuenta que la dance music no es, contrariamente a lo que piensa mucha gente, un fenómeno nuevo, sino que cuenta ya con una excitante historia cuyo comienzo se cifra habitualmente en 1985 en la ciudad de Chicago con el nacimiento de la música house. Y, por supuesto, no hay que olvidar que la música de baile ha existido siempre. De hecho, uno de los primeros objetivos de la música ha sido el de poder bailar. Y, sin tener que remontarnos a la antigüedad, la música de este siglo cuenta con magníficos ejemplos de una música de baile con tanta dignidad como cualquier otro estilo. Conviene recordar que el jazz, que nació al calor de los burdeles, comenzó siendo música de baile. Después, durante los años 40 y 50, el mambo y otros ritmos latinos invadieron Nueva York y, desde allí, todo el mundo contagiando la alegría de mover el cuerpo al ritmo de una música frenética y sensual. Y tampoco hay que olvidar que el rock & roll también nació como música de baile (allí están para demostrarlo los movimientos de pelvis de Elvis o el baile del pato de Chuck Berry) y que a partir de él desencadenó todo un aluvión de ritmos bailables (madison, twist, jerk) que aportaron color y sabor popular a un género que unos años más tarde se iba a convertir en algo demasiado "serio". Durante los años 60, el soul y el funk serían los estilos que iban a mantener viva la llama de la música de baile como derivaciones que eran del jazz y del rhythm & blues. Y finalmente, ya en los años 70, encontramos los dos referentes clave para entender todo el fenómeno de la dance music actual. Se trata, por un lado, de la menospreciada (por entonces, ya que ahora vive un merecido reconocimiento) disco music, que genera uno de los más importantes legados sonoros de la época (con canciones imborrables de los Bee Gees, Donna Summer, Village People, Boney M, Gloria Gaynor, Viola Wills y tantos otros), y por otro lado, la música electrónica de Kraftwerk y Brian Eno, quienes iban a convertirse en pioneros del techno y el ambient respectivamente. Por su parte, el technopop de Depeche Mode, Human League y compañía, el hiphop, la electronic body music de Front 242 (precursores del rock de Nine Inch Nails y Ministry) y el electro (algo así como Kraftwerk transplantados al Bronx) se convertirían en los más inmediatos antecedentes de una historia que comienza oficialmente en 1985, el año 0 del house, cuyo nombre se debe al Club Warehouse de Chicago, donde el neoyorquino Frankie Knuckles pinchaba una mezcla de disco music, electro y techno europeo para un público predominantemente gay. Así es como surge el house, cuando una serie de personas ahora míticas (Marshall Jefferson, Farley Jackmaster Funk, Steve "Silk" Hurley) comienzan a fusionar esos mismos sonidos y ritmos que se escuchaban y bailaban en el club Warehouse. Se trata de una música excitante y poderosa, palpitante y sensual, que rápidamente es exportada a Europa, donde alcanza su máxima popularidad. El house explotaría más tarde en un sinfín de subgéneros (latin house, hiphouse, raggahouse, italo house, tribal house, jazzhouse, discohouse, underground, handbag, hardhouse), siendo los más importantes el garage o deep house (la vertiente más conectada al espíritu de la música disco, cuya última mutación es el veloz speed garage) y el burbujeante acid house, que este año celebra ya su décimo aniversario y que en 1988 dio origen al denominado "verano del amor" como resultado de su asociación con el consumo de éxtasis y otras drogas sintéticas y de su contagio con los balearic beats procedentes de Ibiza, convertida desde entonces en auténtica meca de los adictos a la dance music. El espíritu hedonista de la Nación House sigue perfectamente vivo en la actualidad, casi quince años después de su nacimiento, y es algo que se percibe todavía en los raves (fiestas dance, ilegales en origen, al aire libre, en playas, descampados y hangares), que han recuperado la filosofía hippie para las nuevas generaciones electrónicas.

Autor: Luis Lles Yebra.

 

 

 

 

 

 

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